Del presidente tirano al presidente corrupto

Francisco Pérez de Antón publicó esta semana su más reciente novela, “La corrupción de un presidente sin tacha”. En este texto especial para “elPeriódico”, el escritor resume las motivaciones de la obra y hace un enlace entre la figura tradicional del caudillo y su evolución en el mundo contemporáneo.

La principal razón por la que una persona es elegida Presidente de un país, decía días atrás Andrés Pastrana, es la de tomar decisiones. Y no decisiones fáciles, porque esas las puede tomar cualquiera, sino las más difíciles y angustiosas. A lo cual el expresidente de Colombia agregaba que, cuando un gobernante tiene que resolver dilemas horrendos como aquellos en los que él se vio implicado alguna vez, ser una persona de carácter es más importante que ser una persona de virtud, y su dote o aptitud más valiosa, el coraje para decidir en situaciones límite.


A lo largo de mi vida, por razones de trabajo y oficio, he conocido y tratado a una veintena o más de presidentes, una tercera parte de ellos guatemaltecos. Con algunos tuve enfrentamientos y conflictos. Con otros, alguna amistad. Con la mayoría, una relación de tipo social y protocolario. Y puedo decir con toda franqueza que, en términos generales, un Presidente es una persona normal inmersa en un océano de trances y dilemas perversos.


Dilemas no muy diferentes a los que se aboca el personaje central de mi novela La corrupción de un presidente sin tacha, un hombre bienintencionado y justo, pero sin mucha experiencia política. ¿Podrá un individuo así sobrevivir en la jungla de corrupción que suelen ser los gobiernos de nuestros días? ¿Será un político honrado capaz, si no de erradicarla, abatirla? ¿O será la corrupción con sus múltiples rostros –el soborno, la malversación, la extorsión, el tráfico de influencias, los negocios ilícitos, el lavado de dinero o la compraventa de voluntades y votos– la que acabe con él? He ahí las preguntas que sobrevuelan en todo momento las páginas de esta novela.


Hasta hace poco tiempo, digamos unos cincuenta años, la imagen de un Presidente latinoamericano seguía siendo el estereotipo que comenzó a perfilarse con los caudillos nacidos al calor de la independencia de España y que se prolongaría con toda suerte de dictaduras militares y civiles hasta bien entrado el siglo XX. La figura de este mandatario, despótica y absolutista, sería recogida por la literatura y daría lugar a un género conocido por el nombre de “novela del dictador”, al cual pertenecen espléndidas obras de la narrativa tales como Facundo, de Faustino Sarmiento, Tirano Banderas, de Ramón del Valle Inclán, Yo el supremo, de Augusto Roa Bastos, El siglo de las luces, de Alejo Carpentier, La fiesta del Chivo, de Mario Vargas Llosa, y la más emblemática de todas, El señor presidente, de Miguel Ángel Asturias.


Todos estos gobernantes tenían un rasgo en común. Y era que buena parte de su tiempo lo dedicaban a perseguir, encarcelar, torturar o asesinar a sus adversarios. Hoy en cambio sucede al revés. Son los adversarios de los presidentes quienes se ocupan de acosarlos, perseguirlos, juzgarlos, encarcelarlos u obligarlos a vivir en el exilio. Según un estudio publicado en febrero por este mismo diario, unos 30 presidentes latinoamericanos, junto con alguna presidenta, están siendo en la actualidad perseguidos por la justicia, en la cárcel o en arresto domiciliario.


Y lo más importante de todo: no por crímenes de lesa humanidad, genocidios o torturas, sino por haber usado el poder como medio para enriquecerse en forma ilícita. Lo que quiere decir que el protagonista de este género de novela ha cambiado y que, si Miguel Ángel Asturias estuviese vivo, acaso titularía su obra El señor comisionista o El señor traficante, en lugar de El señor presidente.


A la vista de estas observaciones, se me ocurrió que sería llamativo escribir un thriller político con un Presidente así a fin de actualizar el género, si se me permite la presunción. Un thriller político suele ser una novela repleta de intriga, acción y suspense que gira en torno al poder, sus titulares, sus aspirantes o sus detractores. La literatura, sin embargo, ha de ser algo más que puro entretenimiento y está obligada a incorporar ingredientes que enriquezcan nuestras vidas y nos den motivos para la reflexión. Y en esta novela esos ingredientes son, entre otros, la inocencia de los electores y la corrupción de los elegidos. Sabemos que a los políticos hay que cambiarlos con frecuencia como se cambia de pañales a los bebés. Y por los mismos motivos. Mas cuando un hombre como el protagonista de esta novela, un personaje íntegro, honrado y justo, aunque sin experiencia de poder, se sumerge en esa piscina de estiércol que es la política de Guatemala, como la calificaba días atrás Jose Rubén Zamora, suele descubrir que los dilemas que debe afrontar son tan perversos y terribles que no basta con ser bueno y honrado para resolverlos.


La realidad es así de malvada. Pero hay soluciones más estimulantes y atractivas que las que aquella nos depara a menudo. Y son las que nos ofrece la ficción. Y ese es el propósito de La corrupción de un presidente sin tacha, entretener al lector con una trama sugerente que lo haga conocer mejor las trampas y los recovecos de la vida pública. A los lectores nos sucede con los libros lo que a las mujeres con los hombres. Hay hombres que les atraen, pero no les interesan. Y hay hombres que les interesan, pero no les atraen. También se dice de los libros que tienen un poder curativo, pero que lo único que curan algunos es el insomnio. Confío que ese no sea el caso de esta novela, de la cual espero sea capaz de atraer, interesar, emocionar y mantener despierto al lector hasta altas horas de la noche.

Fuente: El Periódico

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